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Lo que le pasa a mi hijo es que no le gusta leer y así no va a mejorar.

Mamá, mi compañera lee como un niño pequeño, yo creo que tiene algún problema.

Es un alumno muy rebelde, cuando le digo que lea en clase se niega totalmente.

Soy tonto, no sirvo para nada…

El aspecto emocional influye de manera determinante en el aprendizaje. La motivación, la seguridad en uno mismo y el sentirse competente, son elementos necesarios para conseguir nuestros objetivos pero, ¿qué ocurre cuando estás y están convencidos de que no puedes, no quieres o no vales para ello?

Todos los comentarios anteriores los he escuchado, de una u otra forma, en muchas ocasiones y, cuando he conocido a ese hijo, a esa compañera de clase o a ese alumno, he comprendido que no lo hace mejor porque, una cosa que para el resto es muy sencilla, para ellos requiere un esfuerzo cognitivo extremadamente agotador, además de evidenciar aquello de lo cual se sienten profundamente avergonzados.

A cuántos de los que cantamos desastrosamente mal nos gustaría hacerlo ante un aula de expertos y no por voluntad propia o por superación, sino por obligación.

Aunque, como docentes, podemos hacer muchas cosas para corregir situaciones que llevan a muchos escolares a pasar por un verdadero clavario durante sus años escolares, la comprensión objetiva, podría ser el comienzo.

Para ello, presentamos la siguiente dinámica, dirigida a normalizar la dislexia en las aulas y en la vida, a aceptar las diferencias como algo positivo, a no crear falsas etiquetas, en definitiva, a aprender a ver más allá de los árboles.

Las actividades y estrategias propuestas parten del mismo principio que el Método KiVa, un programa finlandés de prevención del acoso escolar o bullying, que parte de concienciar y modificar la actitud de los espectadores para repercutir en el individuo.

¡Si sé que tengo dislexia, comprendo que no soy inútil. Si sabes que tengo dislexia, no pensarás que soy torpe!