Qué sensación experimentas cuando te tienen en cuenta, cuando te preguntan qué tal estás, cuando reconocen que has hecho un buen trabajo o cuando destacan tus puntos fuertes.

Como humano imagino que entiendes perfectamente de qué hablo. Pero, ¿qué pasa cuando te sientes invisible para otros?, ¿cuando nadie parece ver tu esfuerzo ni tu capacidad?, ¿cuando eres uno más?

Cada septiembre sentía una emoción enorme al ver los nuevos libros, poner los nombres en mis libretas y completar el estuche. Me encantaba la escuela, de eso no cabía duda.

Me sentaba en aquellos pupitres llena de timidez, de emoción, de ganas de aprender. Superaba obstáculos a base de horas de trabajo, una veces con “progresa adecuadamente” y otras con “necesita mejorar”.

La redacción de diez líneas acababa en cien, el trabajo de tres folios sumaba tres más y mi madre me pedía que soltara el libro por las noches porque literalmente “se me iba a poner la cabeza loca”.

No destacaba en habilidades sociales, ni en desparpajo, ni en valentía, ni en liderazgo, pero siempre me planteaba por qué nadie veía más allá, por qué nunca aplaudían mi entusiasmo.

Dentro de una familia tradicionalmente agricultora, donde ser honrado, humilde y trabajador prevalece, los estudios eran tema secundario. No tenía roles a seguir pero tampoco recibía ningún tipo de felicitación. A la niña, que le ha dado por estudiar, sin más.

Pero esa niña pasó de aprendiz a enseñante, consciente de que no quería reproducir.

Con análisis y vocación me he dado cuenta, entre otras muchas cosas, del poder de la visibilización, del efecto que tiene tener en cuenta a cada escolar:

– Decirle que es un crack para algo.

– Preguntarle qué tal la tarea.

– Recordarle que el esfuerzo que está haciendo es muy valioso.

– Saber qué le apasiona y utilizarlo como un hilo de conexión.

– Preguntarle por qué está hoy más decaído.

– Recordarle que puede contar contigo.

– Indicarle que está mejorando muchísimo y que, día tras día, te deja con la boca abierta.

– Mostrarle su potencial.

– Darle un abrazo, chocar las manos o hacerle una mueca de complicidad.

– Ver más allá de los errores, del olvido, del despiste, de la dificultad.

– Observar, pasear por las mesas, ofrecerse, reforzar, valorar, conversar…

 

Cuando un niño o niña siente que le tienen en cuenta, que se alegran por sus logros, que valoran sus esfuerzos, que cuenta con un apoyo y que es alguien para alguien, aprende más y mejor.

Y por qué ocurre esto…, porque eliminamos el miedo al error, facilitamos la participación, estimulamos las ganas de aprender y mejorar, fomentamos la motivación intrínseca, normalizamos que todos tenemos buenas y malas habilidades, predicamos con el ejemplo, transmitimos que todo obstáculo es superable, enseñamos a compartir, incrementamos la empatía y, en definitiva, contribuimos a que cada uno desarrolle la mejor versión de sí mismo.